sábado, 29 de diciembre de 2007

El Pentecostés de la solidaridad 13-junio-01

EL PENTECOSTES DE LA SOLIDARIDAD

NOS DECLARAMOS IGLESIA SANTUARIO

Ustedes, pues, amen al extranjero, porque también ustedes fueron extranjeros en Egipto.”
Dt. 10:19

Sobre la conciencia de nuestra nación y de nuestras iglesias pesa una fuerte culpa: el maltrato al que diariamente sometemos a nuestros hermanos y hermanas emigrantes, por el único delito de buscar una vida mejor, un trabajo, la educación para sus hijos e hijas, una oportunidad para superarse, etc. Diariamente se golpea, abusa, dispara y expulsa a nuestros hermanos y hermanas emigrantes latinoamericanos, asiáticos y africanos. Esta situación debe finalizar y nos corresponde a las iglesias elevar nuestra voz de protesta frente a estas injusticias y este clamor de los emigrantes que sube hasta los cielos.

Frente a esta situación, como iglesias estamos llamadas a practicar el Pentecostés de la Solidaridad, a permitir la llegada del Espíritu Santo para que establezca la verdad y la justicia sobre esta tierra.

Significado de Pentecostés.

“Manténganse despiertos y firmes en la fe. Tengan mucho valor y firmeza. Y todo lo que hagan, háganlo con amor...
1 Cor. 16: 13

El tiempo de Pentecostés nos impulsa a defender la integridad de nuestros hermanos y hermanas emigrantes y a proclamar la solidaridad y la misericordia como los valores supremos de nuestra fe cristiana. Debemos abrir nuestros corazones a la solidaridad.
El tiempo de Pentecostés orienta a nuestras iglesias a la defensa de los derechos humanos, a proclamar que nadie es ilegal en nuestro planeta porque todos y todas somos hijos e hijas de nuestro Padre Celestial.

El tiempo de Pentecostés nos convoca a compartir los sueños y la esperanza. A abrir nuestras mentes, nuestros hogares, nuestras iglesias, nuestras fronteras a todos aquellos que sufren y son maltratados, incluso violados, torturados y asesinados por no renunciar al sueño de una vida mejor.

Los emigrantes, extranjeros, refugiados, forasteros son hijos e hijas preferidos de Dios. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento existe una clara inclinación de Dios hacia los que sufren. Los que sufren son los que luchan. Los que luchan son los que tienen esperanza.

Los extranjeros, los huérfanos y las viudas son el centro del amor de Dios en el Antiguo Testamento. Siempre Yahvé se encuentra vigilante de que no se les oprima ni maltrate y envía profetas para asegurarse de su bienestar. Isaías lo proclama con fuerza:

“El ayuno que a mi me agrada consiste en esto: en que rompas las cadenas de la injusticia, y desates los nudos que aprietan el yugo; en que dejes libres a los oprimidos y acabes, en fin, con toda tiranía, en que compartas tu pan con el hambriento y recibas en tu casa al pobre sin techo...”
Is 58:6-7

En el Nuevo Testamento Jesús de Nazaret nos convoca a la solidaridad, al amor a nuestro prójimo. En la parábola del Buen Samaritano queda reflejada la necesidad del compromiso con los que sufren, así como el amor de Dios con los necesitados. Jesús nos dice:

! Dichosos ustedes los pobres, pues el reino de Dios les pertenece: Dichosos ustedes los que ahora tienen hambre pues quedaran satisfechos.”
Lc. 6:20-21

Los emigrantes latinoamericanos, asiáticos, africanos.

“No maltrates ni oprimas al extranjero, porque ustedes también fueron extranjeros en Egipto.”
Ex. 22:21

El impacto de los programas de ajuste estructural en América Latina,. Asia y África ha convertido a nuestro país en un puente hacia los Estados Unidos. Son miles los que año tras año cruzan nuestras fronteras con dirección al norte. Los pobres caminan hacia el norte porque no existen en el sur ni las oportunidades de empleo ni de educación.

Nuestros pobres salvadoreños también caminan hacia el norte y mueren en el desierto, en la ruta hacia el norte se encuentran con sus hermanos mexicanos, guatemaltecos, nicaragüenses, ecuatorianos, colombianos, etc.

El Norte desarrollado empobreció nuestras economías, nos condena al pago de deudas injustas, y hoy responde con medidas represivas cuando nuestros emigrantes llegan a sus fronteras. Nos cierran las puertas en la cara., cuando lo único que pedimos es un
pedazo de pan y un pedazo de sueño. Somos un pueblo de refugiados.

El Salvador es un pueblo de emigrantes. La pobreza nos ha obligado siempre a buscar nuevos cielos y nuevas tierras para vivir. Estamos diseminados por todo el planeta. Y cuando viajamos al Norte nos maltratan y humillan. Es por esto un escándalo que nosotros maltratemos a los que pasan por nuestro territorio rumbo al Norte.

Los ojos del mundo se encuentran focalizados en nuestra conducta y legislación migratoria. Cómo podemos exigir un trato justo y humano a los gobiernos de Guatemala, México y Estados Unidos con nuestros compatriotas si nosotros encarcelamos y maltratamos a ecuatorianos, colombianos, peruanos, nicaragüenses, chinos, hindúes, etc.? Lc. 11.42

Nuestro compromiso

¡Dichosos más bien quienes escuchan lo que Dios dice, y le obedecen!
Lc. 11:28

Los ojos de nuestro Señor Jesucristo se encuentran dirigidos hacia nosotros como Pueblo de Dios.¿Por qué no reaccionamos? ¿Por qué no actuamos? El llamado de Jesús de Nazaret es que defendamos a nuestros hermanos más débiles y necesitados, que los visitemos en las cárceles, que los reconfortemos. Mat.25: 35-42

Es en este espíritu, que con temor y temblor, como Iglesia Luterana Salvadoreña, hemos decidido declararnos una Iglesia Santuario, una Iglesia de puertas abiertas para los que sufren y sueñan, para los que caminan y tropiezan en nuestro territorio, para los angustiados y perseguidos, para los indocumentados pero nunca ilegales ante nuestro Padre Santo. Amén.

Cuscatlán, Pentecostés del Año del Señor 2001 (13 de junio)

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